El Salto

Lo primero fue un zumbido sordo, parecido al ruido blanco de una línea muerta, aunque más que oírlo lo sentía penetrando a través de mi piel, resonando en cada célula de mi cuerpo como una leve vibración. Después un latido, seguido de otro y luego un tercero, y la sangre empezó a circular de nuevo por mis venas. Sabía qué significaba aquello: el ordenador estaba ejecutando el Protocolo Despertar y mi cuerpo se estaban reiniciando.
Lo llamaban el Sueño aunque en realidad se encontraba más cerca de la muerte; el término médico era Animación Suspendida. Durante el Sueño el corazón prácticamente dejaba de latir, o al menos lo hacía tan lentamente que era prácticamente imposible percibirlo. Los órganos internos ralentizaban sus funciones hasta casi detenerse por completo y el sistema nervioso se apagaba como una vela en una ventisca. El fluido amniótico de las vainas de estasis estaba saturado de neuroinhibidores que tenían sobre el cuerpo el mismo efecto que un pulso electromagnético en una máquina, y su composición lo preservaba entre latidos evitando la degradación celular. El Despertar era en realidad un proceso de reanimación que en un ser humano normal podía durar entre cinco y siete horas desde el inicio del protocolo; pero claro, yo no soy un humano normal y en menos de una hora mi cuerpo volvería a estar completamente operativo.
Teóricamente también el cerebro debería haberse detenido, se suponía que los neurosupresores debían bloquear el proceso químico que permite la comunicación entre neuronas pero por algún motivo, quizás a causa de mi particular fisiología cerebral, a mí no me afectaban del mismo modo. A pesar de que mi sistema nervioso periférico se apagaba por completo, el sistema nervioso central seguía activo y funcionando a toda capacidad. Nunca llegué a entender muy bien cómo aquello podía ser posible, supuestamente sin un aporte constante de oxígeno y glucosa el cerebro debería haberse colapsado, pero mi mente nunca dejó de funcionar, jamás llegué a perder la consciencia. Aquello quería decir que durante un periodo de tiempo que podía variar entre los dieciséis y los veinte días, mi mente se encontraba despierta y atrapada en otro plano, un lugar al que la mayoría de telépatas llama el plano mental pero que yo conozco por el que nombre que le dan los miembros de la Hermandad Silenciosa: la mente colectiva, o simplemente la Colectividad.
Nunca estás sólo en la Colectividad, siempre hay voces a tu alrededor. Los pensamientos de todos los seres conscientes se perciben entretejidos en una compleja trama, como en un tapiz tridimensional, pero con la consistencia de la niebla. Las mentes en la Colectividad son enredadas madejas de pensamientos flotando como cúmulos de nubes, deshilachándose por los bordes como una medusa con demasiados tentáculos. Esos filamentos se enredan con los de las nubes más cercanas hasta confundirse en un complejo patrón que las mantiene unidas a todas como una red fantasma. Los miembros de la Hermandad afirman que esos filamentos conforman el inconsciente colectivo, y en cierto modo creo que tienen razón. Hay ideas comunes en todos los seres humanos, arquetipos culturales compartidos, miedos y terrores primigenios y comportamientos pertenecientes al acervo cultural de nuestra especie que parecen estar grabados a fuego en nuestra memoria genética. Son esas ideas las que dan cohesión a la Colectividad.
Pero durante el Sueño no hay otras voces, sólo la tuya, y no existe la Colectividad en el plano mental sin. Para diferenciarlos, al plano mental que visito durante el Sueño lo llamo el Vacío.
La primera vez que lo visité, durante mi primer Salto, creí enloquecer. Aun estando en la Colectividad era consciente de mi propio cuerpo, de alguna manera me sentía ligado a él, pero en el Vacío era pensamiento puro, energía mental flotando en la nada sin un ancla en el mundo físico, como una mota de polvo a la deriva en la inmensidad del espacio. Puesto que me encontraba aislado de mi forma física no sentía cansancio, ni sueño ni hambre, no conseguía dormir y me era imposible mantener la noción del tiempo. Nadie me había avisado que aquello podía ocurrir, aunque probablemente nadie lo habría podido prever; las personas como yo éramos una minoría, escasos en el Universo, y por lo general preferíamos mantenernos en el anonimato. Difícilmente alguien como yo querría llamar la atención sobre ese efecto secundario en particular si pretendía seguir ocultando su condición.
En el Vacío, privada de cualquier referencia sensorial y sin otras voces alrededor, la mente no tiene nada a lo que asirse. No hay arriba ni abajo, ni formas ni colores. El Vacío es negro porque es el color que mi mente asocia con la nada, así que lo mismo podría ser blanco, púrpura o verde limón. La mente humana, como la naturaleza, aborrece el vacío, y puesto que no tiene nada más a mano lo llena con cualquier cosa que encuentra. Por lo general se trata de recuerdos, miedos, sueños, fragmentos de la imaginación e incluso esperanzas, y si no estás preparado la sensación puede ser abrumadora. Para mí, ver cobrar forma a mis temores, revivir mis peores errores y mis mayores decepciones, básicamente los peores momentos de mi vida, fue tan desconcertante como doloroso, como estar atrapado en una pesadilla de la que no puedes despertar. Aquel primer viaje fue un auténtico infierno.
Afortunadamente con el tiempo aprendí a dominar el Vacío. La segunda vez estaba preparado y no tardé en averiguar cómo darle forma; al fin y al cabo si mis pensamientos conformaban la realidad ¿por qué no podía construirme una a medida? Empecé con una sala, mi antiguo dormitorio, rescatado de algún lugar de mi memoria. Primero las paredes, luego los muebles y finalmente los detalles, cualquier cosa que me hiciese sentir que me encontraba en un lugar familiar. No me di cuenta, pero había sido entonces cuando empecé a parcelar mi mente. Es más fácil controlar algo cuando está organizado en fragmentos más pequeños así que fui añadiendo cada vez más habitaciones, pasillos, salas y plantas, e incluso construí unas mazmorras en las que mantenía encerrados mis temores y algunas de mis peores pesadillas. Al final había acabado con una mansión de cinco plantas y ciento cincuenta y siete habitaciones. Era mi hogar en el Vacío, mi Fortaleza, un lugar en el que poder revisitar recuerdos, asimilar conocimientos adquiridos por “préstamo” o construir herramientas que permitiesen a mi mente mantenerse ocupada. Ocho años después de aquel primer viaje a través de una singularidad el Vacío era casi una extensión de mí mismo, y el Despertar una mera transición al plano físico que a mi mente le resultaba frustrantemente lento.
Una vez reactivado el sistema nervioso simpático se pusieron en marcha los órganos internos; hígado, riñones, bazo, pulmones y corazón reasumieron sus funciones lenta pero eficientemente. Sentí una punzada en el estómago y los intestinos agitándose como una serpiente de arena. Me llevé una mano al vientre por instinto, o al menos eso pretendía porque el sistema muscular aún no respondía a las órdenes del cerebro y mi mano siguió flotando ingrávida. Abrí los ojos impaciente y sólo hallé oscuridad. De todos los sentidos, la vista era la que más tardaba en responder; pero ya podía percibir la calidez del gel amniótico contra mi piel y lo notaba entrar por la boca y la nariz, deslizándose por mi garganta con cada inspiración.
Recuperé la visión tras lo que pareció una eternidad y el mundo empezó a tomar forma al otro lado del cristal de la vaina de estasis, como un juego de luces y sombras al principio, pero lentamente se fue enfocando hasta que pude empezar a distinguir algunas formas. Todo aparecía teñido de naranja a través de la solución saturada de oxígeno y nutrientes que me había protegido durante el Salto y que seguía inundando mis pulmones. Respirar en un medio líquido era una sensación extraña pero puesto que el cuerpo recuerda haberlo hecho antes, no tarda en acostumbrarse de nuevo. Afortunadamente alguno de los componentes del fluido mantenía adormecidas las papilas gustativas y los receptores olfativos, porque ni su sabor metálico ni su olor químico eran precisamente un regalo para los sentidos.
Aún no tenía una noción clara del transcurso del tiempo pero calculo que debí tardar unos quince minutos en recuperar la sensibilidad en los miembros, el control motriz se demoró un poco más. Cuando conseguí alzar una mano aún adormecida pulsé el botón de evacuación del interior de la cápsula y el nivel empezó a descender a medida que la cabina desaguaba. En cuanto mi cabeza salió a la superficie mi cuerpo se convulsionó entre toses tratando de expulsar el líquido. Me costó varias violentas expectoraciones eliminarlo, aunque no completamente, y con la primera inspiración el aire ardió en mi pecho. Sabía a metal y a asepsia. Luego vomité el contenido de mi estómago, más fluido ambarino, aunque esta vez venía acompañado de ácidos gástricos que abrasaron mi garganta. Sentí que las rodillas cedían cuando la puerta se deslizó hacia arriba y caí hacia adelante apoyándome con brazos inseguros contra los bordes de la cápsula, las piernas aún no tenían fuerza suficiente para sostenerme. Las flexioné un par de veces para aumentar el riego sanguíneo y cuando las sentí más firmes di un titubeante paso hacia el exterior. Afortunadamente la nave había ajustado la gravedad artificial a las condiciones de Alfa Virginis 9, un doce por ciento menor a la de la tierra, por lo que me sentía once quilos más ligero.
Cinco cámaras idénticas a la que acababa de abandonar se alineaban en formación apoyadas contra la pared frontal como reflejos de las que tenía ahora a mi espalda, y sus diez gemelas se encontraban unos metros más allá, en la sección de proa de la cámara del Sueño. Mi visión distaba de ser perfecta pero no necesitaba ver con claridad para reconocer los rostros de cada uno de sus ocupantes. Justo al frente, la Teniente Adali Munro, mi lugarteniente y mano derecha, flotaba inconsciente dentro de su vaina. Munro no era sólo una compañera, también era mi amiga más cercana, e incluso durante un tiempo habíamos sido algo más. Me alegraba no haberla perdido cuando se acabó lo nuestro y estaba agradecido de que nuestra buena relación no hubiese cambiado tras la separación. El mundo sería bastante más complicado sin ella a mi lado.
Flanqueando su vaina, los agentes Hieros, el segundo al mando del turno de día, y los agentes Chrétien, Deidre, y Edora. En las otras cuatro cabinas se encontraban los agentes Zabel e Ygara y los recién llegados Sabin y Ramel. En las cabinas de la sección de proa viajaba el resto de mi equipo, los miembros del turno de noche, con el Teniente Geraut Damoneis al mando. Algunos de aquellos hombres y mujeres llevaban conmigo desde que me hice cargo de la seguridad del Tormenta Estelar; otros, como Munro, ya habían servido a mi lado cuando era primer oficial en el Daga de Plata, y aceptaron acompañarme cuando recibí la promoción. El resto se había ido incorporando con el tiempo, a medida que los miembros del grupo original se fueron marchando. El trabajo a bordo de un carguero intercolonial estaba muy bien remunerado pero nadie solía quedarse más de tres o cuatro años, cinco a lo sumo. Era por culpa del principal efecto colateral del Salto: la dilatación temporal. Los dos cadetes, por ejemplo, se habían incorporado recientemente para su primera asignación y cubrirían los puestos que Cera y McMurphy habían dejado vacantes al retirarse. El caso de Cera, por lo que yo sabía, era algo excepcional. Había servido en siete naves distintas durante casi veinte años y se había retirado a los cuarenta y tres, aunque según los registros de la compañía había estado percibiendo su salario durante más de sesenta años. Para alguien sin familia y sin vínculos emocionales aquella vida no estaba tan mal: trabajando un par de décadas a bordo de un carguero o de un crucero intercolonial podías retirarte siendo aún joven y con la vida prácticamente solucionada. Sonaba muy bien, y de hecho aquel fue uno de los argumentos más decisivos cuando decidí aceptar mi primer cargo.

Tuve que pelearme con la conexión del cable umbilical que unía el traje a la cabina para soltarla porque mis manos aún estaban embotadas y escurridizas a causa del gel. Me costó tres intentos liberarlo. Luego avancé con paso inseguro hasta el banco que se extendía a lo largo de la sala dividiéndola por la mitad y me dejé caer pesadamente sobre él. Empecé a ejercitar mecánicamente brazos y piernas para recuperar la movilidad; la estimulación eléctrica que el traje proporcionaba durante el Sueño era suficiente para evitar la degradación de las fibras musculares pero poco más, al menos pasaría media hora antes de dejar de sentir los miembros embotados. Abrí y cerré las manos acostumbrando a los dedos al movimiento y parpadeé hasta que las lucecitas estroboscópicas dejaron de brillar al límite de mi campo de visión. Cuando mis dedos recuperaron la sensibilidad busqué el cierre del traje y empecé a desvestirme. El tejido se separó de mi piel con un desagradable sonido de succión y cuando conseguí quitármelo lo arrojé por la escotilla del conducto de reciclaje. Luego probé mis piernas y cuando las sentí algo más seguras me dirigí hacia los vestuarios.
Permanecí quince minutos bajo el pulso sónico, disfrutando de cada momento. Seguía siendo el único despierto en toda la nave, lo sabía, podía sentirlo en la base del hipotálamo, pero sólo duraría unas pocas horas más, hasta que la vida volviese a llenar las veintiséis cubiertas y regresaran las voces. Resultaba complicado mantenerse aislado en una nave como aquella, incluso con las defensas que había emplazado en mi mente. En un carguero de clase Excélsior con capacidad para cuatro mil pasajeros y quinientas mil toneladas de carga mantenerse completamente aislado requería mucha concentración, y parecía que con los años se me hacía cada vez más difícil conseguirla, especialmente en el último par. Estaba convencido que la exposición prolongada al Sueño y a los inhibidores estaba afectando al control de mis habilidades porque me costaba cada vez más mantener alejadas las voces, y la única forma de acallarlas, o por lo menos de modular su intensidad, era embotando mi cerebro con neuromoduladores, lo cual tampoco era muy aconsejable dados sus efectos secundarios. Comprobé que en mi lista de tareas pendientes estaba el consultar aquello con Amasu y volví a dejarla en su lugar, abandonada en una habitación que rara vez visitaba. Sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo, llevaba demasiado tiempo ignorando el problema, y si había alguien fuera de Darwin que pudiese echarme una mano con él, sin duda ese era el Doctor Ikaru Amasu.
Amaba aquel silencio. Era diferente al silencio del Vacío aunque parecidos en cierto modo, pero sólo como se parecen una araña y un escorpión; ambos son de la misma clase pero de orden distinto. El silencio del Vacío tenía una textura homogénea, supongo que se debía a que carecía de los estímulos del mundo físico. Pequeñas cosas como el frío del metal de la cabina de la ducha en las yemas de mis dedos, o la vibración de los motores de la nave a través de las plantas de los pies, o los músculos de mis piernas latiendo por el esfuerzo de sostener de nuevo mi peso eran impensables en el Vacío. Allí no podría notar el aroma ligeramente agrio del fluido que se iba deslizando por mi piel, ni el regusto metálico y ácido que había dejado en mi boca al vomitarlo, ni tampoco el cosquilleo de las ondas sónicas de la ducha al atravesar mi cuerpo. Por mucho que hubiese aprendido a aprovechar mis periodos en el Vacío prefería el mundo real, y en momentos como aquel era cuando más lo disfrutaba.
Me vestí con los mismos pantalones cortos, camiseta y zapatillas de correr que había dejado en la taquilla antes del Salto. La ropa olía ligeramente a añejo pero era eso o caminar desnudo hasta mi camarote y el soporte vital llevaba funcionando menos de una hora por lo que la temperatura fuera de las cámaras del Sueño aún sería muy baja. De todos modos pensaba en ir a correr, así que de todas maneras tendría que volver a ducharme antes de ponerme el uniforme.
Me dirigí hacia la única salida del vestuario, a través de la cabina de diagnóstico. Habría preferido no tener que hacerlo pero el examen médico era obligatorio desde que una pasajera demandó a la compañía por secuelas post–estasis, y las cámaras del Sueño estaban diseñadas para que aquella fuese la única salida posible.
– Bienvenido. – Me saludó la voz femenina del ordenador mientras avanzaba hacia la plataforma del centro de la sala cúbica. Las paredes eran de un blanco tan brillante que me obligó a entrecerrar los ojos. La plataforma y el terminal de acceso en la pared que de mi derecha eran los únicos elementos distinguibles en la superficie de las seis impolutas caras de aquel cubo. – Por favor, sitúese en la plataforma y separe ligeramente los brazos y las piernas. Le recomendamos que mantenga los ojos cerrados durante el escaneado para evitar lesiones oculares. Escáner iniciándose en 3, 2, 1. – Escuché los servomotores de los brazos mecánicos cuando trazaron el recorrido en espiral alrededor de mi cuerpo y conté hasta treinta. La alarma se disparó al llegar a treinta y uno pero yo ya me había puesto en movimiento. – ¡Alerta! ¡Alerta! – La voz llegó acompañada de un parpadeo de luces rojas que llenó la sala. – Anomalía médica detectada. El sujeto presenta niveles elevados de GABA, noradrenalina y ácido glutámico. Detectada actividad sináptica elevada, los parámetros se encuentran fuera de la escala Plank-Lambassi. La unidad médica automatizada no puede precisar la causa del desequilibrio. Por favor, espere mientras se genera un informe detallado para el personal médico… – Antes de que el ordenador acabase la última frase ya me encontraba junto al panel de control de la sala con la palma de la mano sobre el identificador. La máquina no tardó en reconocerme. – Comandante Ber, Neikos. Jefe de seguridad. Número de registro 481–516–2342 November–Bravo. Bienvenido, Comandante.
– Cancela la operación en curso. – Ordené. La máquina obedeció. – Conecta remotamente con la estación de seguridad uno. Autorización 917205–Sierra–Tango–Lima. – La pantalla de bienvenida de mi escritorio apareció inmediatamente en el panel táctil. Busqué en la partición oculta el gusano y lo descargué en el terminal de la cabina de diagnóstico. La pantalla parpadeó unos segundos.
– Análisis finalizado. – Anunció la voz. – Todos los niveles se encuentran dentro de los parámetros admisibles. Ninguna anomalía detectada. Ninguna infección detectada. Estado de salud del paciente: óptima. Gracias por su cooperación, – la puerta de la sala se abrió con un siseo, – y que tenga un buen día. – Añadió la voz artificial a modo de despedida.
Eliminé todo rastro del gusano y desconecté mi estación remota antes de salir de la cabina de diagnóstico. Aquel gusano me había permitido esconder mi verdadera naturaleza durante años. Se trataba de una increíble pieza de ingeniería informática, diseñado específicamente para rastrear los resultados anómalos y sustituirlos por otros que la máquina reconociese como admisibles. Lo había escrito yo mismo gracias a los conocimientos obtenidos por “préstamo” de unos cuantos programadores del sistema informático de la nave y de un par de hackers, aunque había contado con la ayuda de Amasu ya que necesitaba sus conocimientos para saber qué resultados era necesario alterar y de qué forma. Amasu era el único a bordo, a parte de Munro, que sabía lo que yo era en realidad, y si me había guardado el secreto durante todos aquellos años se debía únicamente a su curiosidad por la biología binaria. Probablemente si no hubiese aceptado guardar mi secreto podría haber tomado prestados de su mente los conocimientos que necesitaba, pero supuse que no sería mala idea que el oficial médico de la nave estuviese al tanto de mi naturaleza y mi particular fisiología, sólo por si acaso. Además, supe en cuanto le conocí que podía confiar en él.